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No hay nadie en la calle
y me digo que quisiera
transitar de vuelta
las veredas de la adolescencia,
ver si me han quedado migajas
sin levantar,
si he pasado por alto
alguna moneda abandonada,
algún linyera tirado en un umbral
con la boca llena de vino
y de historias antiguas de la guerra.

Pero se me hace imposible, Beatriz,
me faltan fuerzas
para volver sobre mis pasos,
y encima las nubes esconden el lucero
que podría guiarme
como tu cariño
nesta noche de humedad.

Sólo me resta
confiar en que me alcancen los cigarros
hasta el próximo quiosco
-que quién sabe dónde ha de estar-
y que los recuerdos
-desos que no apestan a nostalgia-
me abriguen lo suficiente
sin ahogarme
la vista de lo questá por venir.

Persuadido ya
de que sólo se puede ir hacia un lugar a la vez,
rezo para no quedar de cara
cuando golpee tu puerta de nuevo
y aprehenda por fin
que en lo fugaz está lo permanente
en el aire un sonido que vibra:
gozo, luz, dolor y gloria.

De cosas así está hecha la libertad.
CONTRA LAS CUERDAS.

Está ronco el pájaro
que habita
en el útero de mi guitarra.

Hace semanas
que escucho su murmullo
de agua hirviendo,
incapaz del más mínimo canto.
Ni siquiera puede imitar,
como la calandria,
el eco de otras voces
más bienaventuradas;
ni siquiera puede desplegar,
como la tormenta,
sus alas sobre la tierra
que trema fatal.

No, el pájaro
que habita en el útero de mi guitarra
está afónico
sin remedio,
incapaz de nacer o de morir,
limitándose sólo a picotear,
los parásitos de sus plumas,
limitándose a entrever al mundo de cayetano,
bien calladito tras su jaula de cuerdas oxidadas.

La verdad es que yo no tengo tiempo
para cuidarlo como es debido:
otras urgencias bizantinas
-el trabajo, las relaciones, la guerrame
tienen atado
de pies y manos
y se me hace imposible
asistirlo, sanarlo, escucharlo
como es debido.

Y sin embargo él sí tiene tiempo;
tiene mucho tiempo
para renegar un poco de ese mundo,
para amar bastante a esta tierra,
para añorar algo de ese eco,
para inflar el buche con las tristezas del blus
que toco para lamentar
que el pájaro que habita en el útero de mi guitarra
no puede nacer, ni morir, ni cantar.
No pude ver el sol
y sin embargo vi
el vuelo de los flamencos
sobre los techos
en la aurora,
la ciénaga hervir
ante’l nacimiento de los planetas.

Entre esas mesmas luces
también te vi
cuando un álamo te bautizaba con sus hojas
y desde entonces
que no recuerdo mi antiguo nombre,
ni puedo encontrar reflejos
en los charcos del cordón.

Desde entonces que quisiera morir
con un rayo brotando dentre tus pechos,
o bajo la lluvia
-oh, Verónica-
limpiándome el rostro
al doblar la esquina.